Éranse dos afamados navegantes que trataban de descubrir tesoros en una pequeña laguna del suroeste de Iberia, justo en el límite entre España y Portugal, en la pequeña localidad de Villanueva del Fresno, de donde era natural uno de aquellos marineros de agua dulce; después de poco tiempo de búsqueda, en seguida fueron conscientes de que el verdadero tesoro estaba muy cerca de ellos, camuflando sus maravillosos colores en la penumbra de los carrizos y espadañas:

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Era esa joya alada multicolor que se deja ver habitualmente como un pequeño destello azul acompañado por un chillido suave que nos hace mirar como si buscáramos un lucero al atardecer, como una estrella fugaz, más bien, esos milagros luminosos que de vez en vez nos sorprende iluminando el cielo monótono.

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Lo descubrieron lanzándose al agua, después de otear desde su pequeña atalaya verde esmeralda, cazando larvas de libélulas, con ese aspecto de monstruo en miniatura, que debía matar a golpes antes de ingerirla; no debía de ser agradable para su pequeñño estómago recibir los mordiscos de las fauces del insecto.

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Lo esperaron una y otra vez lanzarse al agua en busca de su alimento, deleitándose con su espectacular belleza, que afortunadamente pudieron registrar para los incrédulos y para todos aquellos que no tienen la oportunidad de disfrutar en vivo de tamaña maravilla.

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Esperaron varias zambullidas para observarlo, hasta que uno de los navegantes no pudo más, acosado por las inclemencias del agua y la vegetación, y decidieron dejar allí a aquel regalo que habían encontrado en aquella tierra recóndita.

Muchas gracias, Alfonso y a su empresa Naturalqueva (Villanueva del Fresno, Extremadura).

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