(para Pilar y familia, en estos momentos difíciles)

Mi primer encuentro con una grulla fue en el almacén de debajo de mi casa: era grande para los ojos de un niño de seis años, extraña con esos pedazos de cuello y de patas… y estaba muerta. Había sido abatida por mi tío en aquellos años en que aún se podían cazar, en que se cazaba todo lo que se pusiera a tiro… ya lo sé, mi tío debía de ser uno de esos escopeteros que ahora aborrecemos tanto (aunque para mí era y siempre será una persona entrañable y adorable)…. ya, pero eso de tenerla en la mano… aunque fuera muerta, era una sensación impactante. Los pensamientos e interrogaciones acudiendo amontonados a la mente infantil, las imágenes entrando por los ojos exageradamente abiertos… puedo entender a veces esa sensación que deben de sentir los cazadores de poder robar a la naturaleza un animal libre y salvaje, aunque sólo sea por ese momento de tener en la mano a un ser tan hermoso aún palpitante, como si fuera una especie de combate en el que salieras ganador… hoy día, con un cerebro más coherente y sin tanta capacidad de sorpresa, prefiero –siempre lo he preferido- la sensación de capturarles sólo ese breve espacio en que se te coloca delante y le miras, te mira (y si hay suerte no te ve) y le disparas con tu réflex y tu teleobjetivo. Aunque no puedas sentir el pálpito y el calor de ese cuerpo montaraz.

Bando de grullas en los Arrozales de las Vegas Altas del Guadiana con el fondo desenfocado del Castillo de la Encomienda (Villanueva de la Serena)

Este microartículo forma parte de un conjunto de articulitos que compondrán mi participación en el “II Jornada Extremadura en la Red (Las grullas como recurso turístico)”

os animamos a que vengáis; todavía quedan algunas plazas (inscripciones extremadurablogs@gmail.com)

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